El potencial de las expresiones culturales

No cabe duda de que las manifestaciones culturales juegan un papel importante en la vida de todos, pero ¿exactamente cuál es este rol? y, lo más importante, más allá de lo que las expresiones son en sí mismas, ¿cuál es su potencial? ¿qué papel pueden jugar en nuestro esfuerzo por alcanzar una mejor calidad de vida?, ¿por contribuir a construir algo siempre mejor?

Las expresiones culturales cumplen funciones en nuestras vidas que son indispensables en cuanto a nuestra condición como seres humanos; es decir, son parte de procesos que llevamos a cabo de forma “instintiva” o casi inconsciente. Por un lado, como expresiones de “belleza”, algunas manifestaciones son una necesidad humana y, por otro, son el medio a través del cual nos explicamos o le damos sentido a nuestro entorno y a nosotros mismos, son el mecanismo que utilizamos para la construcción de sentido.

Pero, adicionalmente, las expresiones culturales tienen un gran potencial como protagonistas en los procesos de desarrollo que buscan mejorar la calidad de vida de todos: en la promoción de la convivencia pacífica, en el desarrollo económico individual y colectivo, en el fortalecimiento del sistema democrático, y en la ampliación de los conocimientos y habilidades que nos permiten acceder y multiplicar las oportunidades disponibles.

Para saber más sobre estos temas, lo invitamos a explorar la información proporcionada a continuación.

Las expresiones culturales como necesidad humana

Hasta donde sabemos, el ser humano ha estado creando cosas desde que existe. Herramientas, viviendas, vestimenta. Este proceso creador, impulsado por la necesidad de sobrevivir y de mejorar sus condiciones, se ha presentado en todas las culturas de todas las zonas geográficas y en todos los tiempos. Pero también hemos compartido otro comportamiento: la decoración o embellecimiento de nuestro entorno.

No sabemos a ciencia cierta qué es lo que lleva a los seres humanos a crear o a rodearse de manifestaciones estéticas o que consideran “bellas”. Aparte de las pocas especies animales que aparentemente manifiestan comportamientos que podrían definirse como expresión artística -como algunas aves de emparrado, Ptilonorhynchidae, que construyen estructuras muy elaboradas y las decoran de forma aparentemente muy específica y personal con objetos de todo tipo (flores, conchas, hojas, plumas, piedras, basura humana) que ubican y reubican en un proceso que pareciera indicar que tienen una opinión sobre lo que es bello-, los seres humanos son la única especie que de forma sistemática expresa sus pensamientos, sus emociones, sus creencias, sus deseos, a través de manifestaciones artísticas o que, más curioso aún, le resulta necesario decorar su entorno sin más razón que la de querer embellecerlo.

En todo el mundo, en todos los tiempos, por alguna razón los seres humanos decidieron dibujar sobre las superficies de su entorno, inventarse una forma de comunicación, cantar, bailar, pintar sus casas de diferente color, utilizar ropa según su estilo y no su función, comer en platos decorados, hasta decorar su propio cuerpo o manipularlo para transformarlo en algo que consideran más bello: los miembros de algunas culturas manipulan la forma de sus orejas; otras deformaban sus cráneos; en Japón, algunas mujeres se colocaban zapatos de un tamaño específico para evitar que sus pies crecieran; en África y Asia, algunas mujeres alargan su cuello con anillos metálicos diseñados específicamente para este propósito. Para no ir tan lejos, podríamos pensar en el tiempo que algunos invertimos en “embellecer” los reportes, presentaciones o informes de trabajo probando diferentes combinaciones de colores, diferentes formas de expresar números con gráficas redondas o en barra o tridimensionales, o con movimiento. En fin, el simple hecho de que las empresas que crean los programas inviertan en ofrecer una gama de posibilidades refleja esta necesidad humana que no podemos ignorar.

En todo el mundo, en todos los tiempos, los seres humanos han expresado su individualidad y su colectividad a través del arte sin sentir que es necesario explicar por qué lo hacen; en otras palabras, es tan instintivo que no nos sentimos obligados a justificarlo. Seguramente cualquier otra especie que tuviera la capacidad de analizar este comportamiento lo encontraría sumamente peculiar, pues la cantidad de tiempo y recursos que invertimos en ello es significativo. Sin duda, nuestra relación con las artes es una de las características que nos hace humanos.

Las expresiones culturales como medio para la construcción de sentido

La creación de “sentidos” o “significados”, las formas en que explicamos o entendemos las cosas o las situaciones son otra característica que nos define como seres humanos. Ninguna otra especie requiere de explicar o darle sentido a las experiencias que tiene; nosotros, en cambio, pasamos gran parte de nuestro tiempo (si no es que permanentemente) en el proceso de crear y recrear las formas en que comprendemos el mundo y nuestras vidas. No podemos evitarlo. Es probablemente este hecho uno de los motivos de peso que convierte a las manifestaciones culturales también en necesidades humanas, pues es a través de ellas que expresamos o compartimos los sentidos que vamos ideando. Es a través de este proceso de crear, expresar y recrear nuestras ideas o visiones del mundo que nos relacionamos con los demás y también que nos distinguimos de los demás y ¿qué puede ser más humano que la contradicción de querer ser un individuo y al mismo tiempo parte igual de algo más grande, ser especial y al mismo tiempo común?

Sin entrar en explicaciones científicas sobre cómo los seres humanos creamos sentidos a través de las expresiones culturales, de forma simplificada podemos entenderlo así: desde que nacemos comenzamos a tratar de entender y explicar lo que vemos, vivimos y sentimos; este proceso nunca termina. En la medida en que somos expuestos a más ideas y experiencias, nuestra comprensión, perspectiva o explicación de lo que vemos, vivimos y sentimos -el sentido que le damos- se va modificando o reafirmando. las expresiones juegan una doble función en este proceso. La primera es como vehículo para expresar o compartir nuestras ideas y experiencias -esto lo hacemos ya sea literalmente creando cosas, como hacen los artistas, arquitectos, escritores, etcétera, o identificándonos con y apropiándonos de esas creaciones porque compartimos lo que expresan (como cuando colgábamos un afiche de alguna banda musical en nuestro cuarto y de esta forma nos asumíamos “parte” de la banda)-. La segunda función es como expresiones de ideas y experiencias que son nuevas para nosotros. Al interactuar con estas expresiones, esta vez como espectadores, nos exponemos a ideas y experiencias que aportan insumos (nuevos conocimientos o perspectivas) que vamos incorporando a nuestro proceso de creación y recreación de sentidos.

Hasta aquí, hemos descrito dos roles que las expresiones culturales juegan en nuestras vidas, que son hechos que responden a nuestra condición humana; es decir, existen y se dan de forma casi inconsciente. Pero las manifestaciones culturales tienen el potencial de jugar un papel mucho más amplio que este, tienen el potencial de ser instrumentos fundamentales de transformación y cambio, tienen el potencial de ejercer un impacto positivo en el mejoramiento de nuestra calidad de vida individual y colectiva.

Las expresiones culturales como medio para estimular la creatividad

Contrario a lo que la mayoría de personas asume, la creatividad es una habilidad y no una característica exclusivamente genética. En otras palabras, todas las personas tenemos el potencial de ser creativos, este no es un talento exclusivo de un selecto grupo de personas. La creatividad puede ser aprendida y desarrollada y, como cualquier habilidad, requiere de práctica. Es indudable que hay personas que llegan a desarrollar una habilidad creativa superior a la mayoría, pero decir que solo este grupo de personas puede beneficiarse del desarrollo de la creatividad es como decir que alguien que no tiene el talento para ser futbolista profesional no puede beneficiarse de practicar el deporte.

Adicionalmente, la habilidad de ser creativo no solo es útil para producir “arte”, sino que tiene un impacto indiscutible y de gran importancia en muchas otras esferas del quehacer humano -en la solución de problemas, en nuestra capacidad de adaptción a nuestro entorno, en nuestra capacidad para incrementar nuestros conocimientos, en nuestra capacidad para manejar retos personales, en el desarrollo del liderazgo, y en otras capacidades que son críticas para nuestro desarrollo-, Peter Facione, de la Universidad de Santa Clara, California, Estados Unidos, describe así el impacto del pensamiento creativo:

“El pensamiento creativo [...] es el tipo de pensamiento que lleva a nuevas revelaciones, a enfoques novedosos, a perspectivas frescas, a formas totalmente nuevas de comprender y concebir las cosas. Los productos del pensamiento creativo incluyen algunas cosas obvias como la música, la poesía, la danza, la literatura dramática, los inventos y las innovaciones técnicas. Pero también hay ejemplos no tan obvios, como la forma en que estructuramos una pregunta y que nos lleva a ampliar los horizontes de las posibles respuestas, o la forma en que concebimos las relaciones que cuestionan presuposiciones y nos llevan a ver el mundo en formas imaginativas y diferentes”.[1]

En términos generales, la creatividad puede definirse como la habilidad de generar ideas y resolver problemas con un enfoque nuevo o no convencional o de tener la capacidad de ignorar los límites existentes y explorar alternativas. Como es de esperarse, esta habilidad es fundamental en el proceso artístico y es por esto que las artes se convierten en un vehículo importante para enseñar, fomentar y potenciar el desarrollo y uso de la creatividad. Tanto nuestra interacción con la producción artística como nuestra participación directa en una actividad artística tienen este potencial. Un ejemplo de esto es que las artes pueden enseñarnos que no hay una sola respuesta correcta, que puede haber diferentes perspectivas sobre un mismo tema o situación (posiciones diferentes y a veces en conflicto) y, lo que es más importante, a sentirnos cómodos con esta situación. Pueden, además, estimular nuestros sentidos, enseñarnos a observar, a aprender de nuestros errores, a tomar decisiones y justificarlas, y a fomentar y validar nuestra inclinación hacia la exploración y la experimentación; todas características esenciales de un pensamiento creativo.

[1] Facione, P. (2010). Critical Thinking: What It Is and Why It Counts. California, Estados Unidos: The California Academic Press. p. 12.

Las expresiones culturales como medio para la expresión de nuestra identidad y la convivencia pacífica

Hay dos formas a través de las cuales las artes promueven la convivencia pacífica. Una es a través del conocimiento del “otro” -diferente a nosotros- que nos permite superar los prejuicios que sustentan la segregación entre personas o grupos que se perciben diferentes y que, en consecuencia, sienta las bases para que pueda existir mutuo respeto. Y la otra es a través del ejercicio de nuestro derecho a participar en la vida cultural de nuestra comunidad, y mediante el cual expresamos, transformamos y hacemos valer nuestra identidad.

Alguien dijo una vez que la mejor educación que una persona puede obtener es viajar. Esto es así porque la interacción y conocimiento de sociedades diferentes a la nuestra es una experiencia que tiene el potencial de ampliar nuestro propio horizonte y permitirnos reconocer validez en formas de pensar o de comprender la vida diferentes a la nuestra. Este reconocimiento consciente de la diversidad de posibilidades, que nos permite examinar y evaluar nuestra propia forma de ser -reafirmándola o cuestionándola-, es un proceso liberador en cuanto nos ayuda a clarificar nuestra propia vida y accionar -nuestra identidad- y transformarlos.

No es necesario viajar para vivir esta experiencia. A pesar de que en todo país hay características culturales que podrían pensarse como generalidades y englobarse bajo la categoría de “identidad nacional”, la realidad es más compleja y ninguna sociedad es mono-cultural. En todos los países coexiste una gran diversidad de grupos muy variados, con muy diversas formas de pensar y comprender el mundo. Estas diferencias no se enmarcan única y exclusivamente en nuestra etnia (en la genética), son diferencias que se enmarcan en un sinfin de cualidades. Incluso, podríamos decir que cada uno de nosotros es un ser multicultural porque nos identificamos o “pertenecemos” a diversos “grupos”, que piensan y se comportan de forma diferente a los demás. Por ejemplo, pertenecemos a una generación específica, pertenecemos a la población de una comunidad específica -”la mara de la Colonia”-, pertenecemos a un sector laboral o rubro profesional específico -sin duda podemos reconocer que ser abogado o ser artista o ser maestro influye en nuestra forma de expresarnos, de concebir y entender el mundo-, y así cada persona podría enumerar una gran cantidad de “grupos” a los cuales pertenece o con los que se identifica y que lo definen culturalmente, que forman parte de su identidad.

La clave de la convivencia la encontramos en reconocer la presencia simultánea de diversidad e igualdad entre los miembros de la sociedad y, sobre esta base, construir el respeto mutuo que permite la convivencia y la resolución de los conflictos de forma pacífica. Las manifestaciones culturales pueden jugar un rol importante en este proceso. Primero, promoviendo el respeto hacia las diferencias, en cuanto proporciona oportunidades para conocer y romper estereotipos negativos e intercambiar formas diferentes de entender el mundo y nuestras vidas. Dicho de otra forma, las expresiones culturales permiten que tengamos la oportunidad de conocer a “los otros” e integrarlos a nuestra concepción de la sociedad a la que pertenecemos, hacerlos parte del “nosotros”, digamos. Como mínimo, esta interacción nos permite reconocer la humanidad que todos, sin excepción, compartimos.

Y segundo, las manifestaciones culturales no solo nos permiten reconocer al “otro”, sino también reconocernos a nosotros mismos. La convivencia pacífica no solo requiere que respetemos al otro, sino que reconozcamos aquellos aspectos de nuestra propia identidad que la impiden.

La posibilidad de participar en la vida cultural de nuestra sociedad se reconoce como uno de los derechos humanos fundamentales porque, entre otras cosas, es el mecanismo a través del cual podemos expresar y hacer visible nuestra identidad -compartiendo con “los otros” quiénes somos y cómo pensamos- y porque promueve la inclusión y genera bienestar, ambos indispensables para lograr una calidad de vida digna y sustentar la convivencia pacífica.

Las manifestaciones culturales son un vehículo indispensable para la expresión de nuestra identidad cultural; a través de nuestros bailes, nuestras imágenes, nuestra música, nuestra arquitectura, nuestra vestimenta, los individuos y grupos nos hacemos visibles a los demás. Esta manifestación tangible de nosotros mismos, que permite que “los otros” nos conozcan, y que de muchas formas valida nuestra existencia, es un mecanismo de inclusión social fundamental.

Las expresiones culturales también generan bienestar en otros sentidos; por un lado, porque son medios para elevar nuestro nivel de calidad de vida y, por otro, porque tienen la capacidad de mejorar nuestro entorno social. Como explica Tenorio:

“A través de acceso a espacios donde reunirse, compartir, pasar el tiempo de ocio y desarrollar actividades que nos permiten expresarnos y comunicarnos; también participando en actividades culturales como el teatro o conciertos musicales, en clases de guitarra o de dibujo, en un coro, acceder al Internet [...] son relevantes para elevar la calidad de vida.”[1]

Sin duda, tener la oportunidad de participar en la vida cultural, a través de las manifestaciones y expresiones culturales de nuestra comunidad, tiene el potencial de mejorar nuestro entorno social -generando espacios de expresión e intercambio, de diálogo y reflexión, ampliando nuestras capacidades y habilidades, proporcionándonos experiencias de interacción y convivencia, promoviendo la cohesión social, haciendo funcionales los mecanismos mediante los cuales creamos, transformamos y recreamos nuestra identidad-, todos procesos indispensables para la convivencia pacífica.

[1] Tenorio, M. (Octubre 2009). Desarrollo humano y dinámicas económicas locales: Contribución de la economía de la cultura, Cuadernos sobre Desarrollo Humano, No. 9. San Salvador: PNUD El Salvador. p. 26.

Las expresiones culturales como garantes de los principios democráticos y medio para la participación ciudadana

La democracia -como sistema para la toma de decisiones colectivas- tiene cuatro pilares fundamentales. Estos son (1) las elecciones libres, (2) los derechos humanos, (3) un gobierno transparente y que rinde cuentas, y (4) la sociedad civil.

En la práctica, uno de los dos principios básicos del sistema democrático -que las decisiones que nos afectan a todos deben ser tomadas por todos, el “control popular”- no puede implementarse en términos absolutos. Esto se debe a que en una sociedad de millones de personas no solo resulta impráctico que todos participen en las discusiones y toma de decisiones, sino ilógico, pues no todos tenemos el tiempo, los conocimientos y/o el interés que estas discusiones y decisiones requieren.

Esto implica que el sistema necesita de mecanismos adicionales a las elecciones libres -mediante las cuales se elige a los miembros de la sociedad que representan al resto en las discusiones y toma de decisiones- para asegurar que todos tengamos la oportunidad de participar (aunque no sea de forma directa) de forma permanente y, a través de esta participación, que no perdamos el control que debemos tener todos los miembros de la sociedad sobre los representantes de turno y su accionar.

Estos mecanismos los encontramos en los otros tres pilares del sistema democrático. Entre estos, cabe destacar todos aquellos que se relacionan con el intercambio permanente y abierto de las ideas y aquellos que se relacionan con la afirmación de nuestras creencias, nuestra identidad. No es difícil anticipar la importancia del rol que las expresiones culturales juegan en esto.

En relación con los derechos humanos, una sociedad democrática asume que todos sus muembros tienen el derecho a pensar lo que quieran y a sostener sus propias opiniones o filosofías -el derecho al libre pensamiento-. Adicionalmente, y de forma consecuente, se reconoce que también tienen el derecho de expresar esas ideas y opiniones -el derecho a la libre expresión- y a asociarse con otros que tienen ideas y opiniones similares para participar política, social y culturalmente de forma conjunta -el derecho a la libre asociación y el derecho a participar en la vida cultural-.

La forma más efectiva de exigir la transparencia y rendición de cuentas por parte de los representantes electos es a través de los mecanismos de comunicación. Este es un canal de dos vías; en un sentido, los miembros de la sociedad que no participan directamente en el gobierno expresan su opinión -la “opinión pública”- sobre lo que hace o no hace el Estado y, en el otro sentido, los representantes electos explican o rinden cuentas sobre las decisiones que toman y el uso que dan a los recursos que son propiedad de todos -obligación que se enmarca en el acceso a la información que todos los miembros de la sociedad tenemos derecho a exigir-.

La sociedad civil organizada fuera del control del Estado es una garantía indispensable en contra del autoritarismo. En otras palabras, la capacidad de asociarnos con otros miembros de la sociedad de forma independiente al Estado con el fin de participar en la solución de los problemas o como medio para expresar nuestras opiniones es un mecanismo fundamental para limitar el poder de aquellos miembros electos como representantes. Entre las entidades de la sociedad civil que cumplen estas funciones, se pueden destacar los medios de comunicación, las asociaciones gremiales o de expertos en materias de políticas gubernamentales y todas aquellas asociaciones voluntarias que trabajan en cualquier área o tema de la vida social, incluidas las relacionadas con las artes y la cultura.

En todos estos mecanismos, las artes pueden jugar un rol de primer orden. Ya sea de forma masiva -como el caso de la televisión, la radio o las expresiones populares- o de forma localizada -como una obra de arte contemporáneo-. Las manifestaciones artísticas, y nuestra participación como productores o espectadores de estas, representan una vía a través de la cual ejercemos nuestro derecho a participar en el debate social y político y en la vida cultural de la sociedad a la que pertenecemos y, además, uno de los mecanismos fundamentales de fortalecimiento y protección de nuestro control sobre las decisiones gubernamentales que nos afectan.

Las expresiones culturales como motor de la economía y medio de superación económica

Las expresiones culturales generan empleo y generan riqueza de forma directa a través de la producción, comercios consumo de bienes y servicios artísticos y culturales -por ejemplo, las artesanías, los espectáculos de entretenimiento, el coleccionismo de arte, la edición de libros y los servicios de entretenimiento para eventos privados-; pero también tienen un impacto económico indirecto en otros sectores importantes para la economía, como el turismo y las comunicaciones. Adicionalmente, la producción cultural tiene características que le dan ventajas sobre otros sectores económicos, y representa uno de los rubros con potencial de crecimiento.

A pesar de que no se cuentan con datos sobre el impacto específico de “las artes” en la economía (estos nunca se han cualificado), el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en El Salvador reporta, en su estudio “Desarrollo humano y dinámicas económicas locales: Contribución de la economía de la cultura”, que en el año 2004 las actividades productivas del sector cultural representaron el 1.4% del PIB y que uno de cada 100 salvadoreños trabajaban en este sector.[1] Como medidas de comparación se menciona que, en ese mismo año, el sector construcción y el sector restaurantes y hoteles representaron el 3.6% y el 3.2% del PIB, respectivamente.[2] Estos datos nos indican que, en definitiva, la producción artística en El Salvador es un actor económico que debe considerarse como relevante.

Las artes también tienen un impacto económico en otros sectores productivos como el turismo y las comunicaciones. En el caso de El Salvador, no es difícil identificar la clara relación entre el sector artístico y el turismo, pues un alto porcentaje de los lugares identificados e impulsados en las estrategias nacionales de turismo han sido seleccionados precisamente porque se destacan en alguna área o forma de manifestación artística: una producción artesanal reconocida, como La Palma o Ilobasco; una arquitectura tradicional, como Apaneca, Juayúa o Sonsonate; un calendario de espectáculos culturales, como Suchitoto; la presencia de museos, como algunas zonas de San Salvador; o los sitios arqueológicos, como Joya de Cerén o Cihuatán. Sin duda, esta relación, que por el momento es más bien básica, puede profundizarse con actividades que la aprovechan de forma específica, como en La Palma, donde los turistas pueden participar en clases de pintura en algunos talleres artesanales y de esa forma conocer el proceso de trabajo que implica la producción de una artesanía local.[3]

El impacto en las comunicaciones puede entreverse en el hecho de que prácticamente todos los periódicos de circulación nacional tienen una sección específicamente dedicada a la cultura donde se promueven y analizan las manifestaciones artísticas. De la misma forma encontramos revistas que incluyen la producción artística en su contenido -perfiles de artistas y calendarización de espectáculos, por ejemplo-. En el caso de la publicidad, la relación es mucho más simbiótica, pues una gran parte de la producción de los servicios de mercadeo requieren de productos artísticos o son en sí mismos procesos artísticos, como el diseño gráfico, la fotografía y la producción de vídeos.

Además de representar un mecanismo importante para el combate de la pobreza -ya que muchas actividades económicas relacionadas al sector son realizadas en microempresas familiares que se desarrollan a nivel local[4] -por ejemplo, el taller de artesanías de la señora Estela Perlera, ubicado en La Palma, Chalatenango, donde laboran 18 personas de las cuales 15 son mujeres, y que produce 5,000 objetos artesanales al mes que son exportados a Estados Unidos, España e Italia [5]- el sector cultural presenta ventajas sobre otros sectores económicos que lo hacen más sostenible. Entre estos se mencionan el incremento de la demanda en la medida en que aumenta el nivel educativo y el tiempo de ocio de los consumidores; que la producción de este tipo de bienes y servicios se caracterizan por requerir una cadena productiva extensa y que abarca una amplia gama de niveles de especialización técnica; y que “los trabajadores de la cultura muestran niveles de satisfacción laboral superiores a los de otros sectores productivos debido al sentido identitario y de compromiso que generan las actividades culturales”.[6]

Adicionalmente, como se mencionó arriba, este sector productivo tiene potencial para el crecimiento. Existen iniciativas locales y extranjeras que reflejan este potencial. En La Palma, por ejemplo, la Corporación de Exportadores (COEXPORT) ha implementado talleres de capacitación para apoyar a los artesanos locales en el aprovechamiento del mercado europeo.[7] Vitelio Contreras -otro productor de la zona- expresó en una entrevista dada al periódico nacional La Prensa Gráfica que “exportar las artesanías a otros países es uno de los pasos importantes a seguir para el desarrollo de los talleres en La Palma, porque no es lo mismo mandar los productos a través de un intermediario a que los artesanos recibamos los pedidos y hagamos todo el procedimiento por nuestra cuenta”.[8]

[1] Tenorio, M. (Octubre 2009). Desarrollo humano y dinámicas económicas locales: Contribución de la economía de la cultura, Cuadernos sobre Desarrollo Humano, No. 9. San Salvador: PNUD El Salvador. p. 187.
[2] Idem.
[3] Ramírez, S. (7 de febrero de 2010). “El nacimiento de una tradición” en La Prensa Gráfica Edición Dominical. San Salvador: La Prensa Gráfica. p. 12.
[4] Tenorio, M. op.cit.
[5] Ramírez, S. (7 de febrero de 2010). “Familia con espíritu artesanal” en La Prensa Gráfica Edición Dominical. San Salvador: La Prensa Gráfica. p. 11.
[6] Tenorio, M. op.cit.
[7] Ramírez, S. (7 de febrero de 2010). “Artesanías con destino europeo” en La Prensa Gráfica Edición Dominical. San Salvador: La Prensa Gráfica. p. 13.
[8] Idem.